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¿Nudismo en familia?

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¿Nudismo en familia?
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Un miembro de la comunidad me preguntó si es normal sentirse incómodo al practicar nudismo con la familia. Y la respuesta, como casi todo en este tema, es: depende del contexto… y de la historia que cada quien carga en el cuerpo.

Te comparto la mía.

Soy la mayor de tres hermanas y un hermano al que le llevo veinte años. Con Aris, la que sigue después de mí, la relación siempre ha sido cercana. Desde adolescentes compartimos espacios donde la desnudez ya estaba presente, como cuando modelábamos para clases de dibujo. Para nosotras, el cuerpo dejó de ser un secreto hace tiempo.

Cuando empecé a organizar reuniones nudistas, ella fue de las primeras en decir: yo quiero ir.

Mi única inquietud en ese momento no era ella, sino el cruce de mundos: mi hermana y mi pareja, Raúl, en el mismo espacio. Pero lo resolví desde lo más simple y honesto:

¿Te sientes cómodo?

¿Te sientes cómoda?

Y con eso bastó. A veces el respeto es más sencillo de lo que imaginamos.

La historia es distinta con mi hermana menor. La he invitado, pero ni siquiera está abierta a escuchar. Me ha acompañado a viajes, como a Zipolite, pero mantiene una distancia casi coreográfica: llega, deja cosas… y se va a otra playa. Ni siquiera se asoma. Y también está bien. Cada cuerpo tiene su propio ritmo para acercarse o alejarse.

Con mis papás, la relación es aún más silenciosa. Saben a qué me dedico porque un día apareció mi cara en el periódico. No hubo preguntas. Y yo tampoco las forcé. He aprendido que el respeto también es no empujar conversaciones que el otro no quiere tener.

Ahora, el punto incómodo:

¿por qué nos perturba tanto la idea de ver a la familia desnuda?

Creo que hay un tabú muy profundo que mezcla desnudez con deseo. Como si ver el cuerpo de un familiar pudiera activar algo inapropiado. Pero eso no está en el cuerpo… está en la interpretación.

El nudismo social propone algo muy concreto: entrenar la mirada. Separar conscientemente el espacio del deseo del espacio de convivencia. No negar que el deseo existe, pero tampoco permitir que lo invada todo.

Sí, venimos de una herencia cultural —muy marcada por lo judeocristiano— donde el cuerpo ha sido asociado con culpa y pecado. Y esas ideas no solo viven en la cabeza, también se sienten en la piel: incomodidad, tensión, rechazo.

Pero las ideas, igual que el cuerpo, pueden transformarse.

La pregunta no es si es normal sentir incomodidad.

La pregunta es otra:

¿quieres quedarte ahí… o estás dispuesto a mirar distinto?

Fabiola Silva PATREON 56 favs
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POSTEDApr 10, 2026
ARCHIVEDApr 10, 2026