La primera marcha fui sola. Raúl se quedó cuidando a mi peque y después me alcanzaría, así que yo llegué en modo “seguro encuentro conocidos y todo saldrá bien”. Optimismo de principiante.
Mi primer error fue logístico. Llevé una bolsa preciosa. Estética impecable. Funcionalidad: cero. Porque claramente no calculé lo que implica quitarte TODA la ropa y seguir teniendo que cargar cámara, accesorios, bloqueador, agua y dignidad al mismo tiempo.
Pero todo iba increíble. La energía estaba arriba, la gente emocionadísima, era el primer año que se hacía algo así en CDMX y honestamente la reacción del público fue mucho más tranquila de lo que imaginábamos. Desde coches nos gritaban cosas como “¡ya vístanse!” o “¿quién los dejó salir así?”, pero nada agresivo. Más desconcierto chilango que otra cosa.
Lo extraño fue justo al final. Llegamos al punto de la foto oficial y yo seguía en modo completamente ingenuo. Había gente con máscaras, accesorios raros y estética que hoy entiendo muchísimo mejor… pero en ese momento yo solo pensaba: “qué creativos”. 🥴
Entonces una chica me dice: “¿Me detienes esto?”
Y yo, solidaria con otra víctima de las bolsas incómodas, tomo la correa sin cuestionar absolutamente nada.
Estoy viendo al frente, escuchando a los fotógrafos organizar a las casi 200 personas para la foto oficial… cuando de pronto siento que la correa JALA.
Pero no poquito.
No “ay se atoró”. No.
Aquello se extendió unos 30 o 40 centímetros y mi cerebro hizo captura de pantalla inmediata.
Volteo. Procesamiento lento. Sistema operativo colapsando.
Le regreso la correa en automático y ella todavía me pregunta: “¿No quieres jugar?”
No sé si grité. Siento que sí. Tal vez el grito fue interno y todavía sigue rebotando en alguna parte de Reforma.
Solo recuerdo alejarme dos o tres lugares mientras hacía señas de “no gracias” con una velocidad que jamás he vuelto a alcanzar.
Y justo en ese momento:
“¡Foto oficial!”
Flash.
Pum.
Pan.
Se acabó el evento.
La gente empezó a dispersarse y cuando Raúl llegó conmigo me vio con cara de: “¿Qué te pasó?”
Pero yo no pude explicarlo hasta horas después porque honestamente seguía tratando de entender qué acababa de vivir.
Hasta la fecha no sé exactamente qué era aquello. ¿Therian? ¿Pet play? ¿Fetichismo perruno avanzado nivel 7?
Jamás lo sabremos. Lo único seguro es que cada vez que me acuerdo pienso exactamente lo mismo: Fabiola… te pasaste de ingenua.