No logramos realizar la acción performática completa por los tiempos y el movimiento de la marcha, pero quiero contarles por acá qué estaba buscando con “Territorio perdido” y por qué llegué cargando pintura, sellos, elementos prehispánicos y pues por la organización ya era improbable en medio de cientos de cuerpos caminando por Reforma.
La idea nació de una sensación muy simple: a veces el cuerpo deja de pertenecernos mucho antes de quitarnos la ropa. Lo ocupan las expectativas, la vergüenza, el mercado, la religión, la mirada ajena, la necesidad de corregirlo todo el tiempo. Entonces pensé en el cuerpo como un territorio conquistado. Marcado. Dividido. Administrado por otros.
Por eso el bodypaint era un mapa fragmentado de América. Norteamérica arriba, Latinoamérica abajo, separados sobre mi propia piel como si el cuerpo también hubiera sido repartido por fronteras invisibles. Los sellos simulaban inspecciones de carne, aprobación, control, calidad. Quería que se sintiera entre burocrático y absurdo, como si para existir desnudos todavía necesitáramos permisos imaginarios.
Un cuerpo que recuerda que antes de la vergüenza hubo territorio, comunidad y naturaleza.
Al final la marcha tomó otro ritmo y entendí que a veces la propia multitud se vuelve la pieza. Pero me quedé con ganas de desarrollar esta acción completa porque creo que ahí hay algo importante: el cuerpo desnudo todavía incomoda porque nos recuerda todo lo que nos enseñaron a domesticar.