Hacía mucho tiempo que no sentía la punzada de la comparación, especialmente entre mis amigas y colegas del mundo nudista, donde esa sensación suele disolverse. Pero con Monse fue distinto. Es tan hermosa y joven, que esta vez no pude evitarlo.
El detonante fue que la gente nos confundiera y dijera que yo era su madre. Y es un hecho: le llevo veinte años. Ella es adorable, dulce, comprometida, trabajadora y le apasiona lo que hace. Ante esta situación, mi herramienta ha sido no aferrarme a la emoción. La dejo llegar, la observo y, como enseña la meditación, la dejo ir. Luego, continúo mi camino: creando fotos, escenas divertidas y, sobre todo, enfocándome en pasarlo bien.
Esta experiencia me recordó un video musical de Lady Gaga y Beyoncé de hace una década. Para mí, Beyoncé es la mujer más hermosa del mundo, mientras que, aunque admiro la creatividad de Gaga, nunca sentí una conexión especial. Al leer los comentarios de sus fans, descubrí debates apasionados y argumentos descabellados defendiendo a una u otra. Y entonces… ¡Eureka!
Ahí estaba la clave: la comparación es, en esencia, una cuestión de perspectiva.
La comparación en sí no es negativa; el problema radica en el cristal con que la miramos. En mi caso, me estaban comparando con una joven veinte años menor. ¡Qué afortunada soy! Esa revelación fue pura luz.
Y sí, ¡el yoga funciona! Funciona de maravilla para sentirse bien en cuerpo, mente y espíritu. Me permitió procesar esto y transformar una inseguridad en un recordatorio de mi propio valor y camino.