Desde 2024, tuve la idea fija: ir a Chetumal para el eclipse solar de abril. Me emocioné. Contacté a la comunidad local, entre todos rentamos una casa para el convivio, todo se armaba… excepto mi llegada. Fui ingenua, creí que comprando un vuelo de último momento bastaría. No sabía que los “cazadores de eclipses” planean con años, no con semanas. Mi entusiasmo chocó contra una realidad logística y me quedé en tierra. Chetumal se convirtió en un punto pendiente.
Decidí que las próximas vacaciones familiares serían en esa zona. Pero ya se sabe: haz planes y Dios se ríe. A principios de noviembre, mi papá fue hospitalizado. La preocupación y el desgaste emocional eran una carga pesada. La emoción de mi hijo y el cumple de Raúl eran motivos de festejo. Por ellos, y por tachar esa deuda, decidimos ir adelante. No partimos con la alegría ligera de un viaje, sino con el cansancio a cuestas, con malestares, en mi caso, con una tristeza profunda que era compañera de asiento.
La misión era simple: descansar y encontrar un lugar tranquilo, un espacio donde quizás pudiera andar desnuda (nudear), conectar con la calma. Llegamos a Mahahual, a una eco-aldea que por instinto sentí ideal. Los anfitriones fueron amables, el espacio tenía potencial. Pero la vida en comunidad con otros huéspedes resultó más difícil de gestionar de lo pensado. Y luego vinieron los factores que no habíamos contemplado: el mar café, espeso por el sargazo y una tormenta eléctrica que encerró a todos bajo techo.
A veces, cargamos los viajes –y los planes– con demasiada expectativa. Los convertimos en una meta que debe redimir algo anterior, o en un escape perfecto de realidades que, simplemente, viajan con nosotros. Esta experiencia me dejó claro que no se puede forzar la tranquilidad, ni programar el descanso como si fuera un boleto de avión. La vida tiene sus propios tiempos y sus propios contratiempos, como el sargazo o una tormenta inesperada.
La verdadera lección no fue llegar a Chetumal, sino aprender a soltar el itinerario rígido que llevaba dentro. Aceptar que a veces se llega cansado, triste y con los planes ya torcidos desde el inicio, y que quizás, en medio de ese desorden, aún se puede encontrar un respiro. No el que se planeó, sino el que la realidad, cruda y cotidiana, termina por ofrecer.