No todo el tiempo me siento libre.
A veces creemos que después de tantos años, el cuerpo simplemente “ya es”… que ya no hay ruido, que ya no hay incomodidad.
Pero no es así.
En Bacalar pasó algo curioso.
No era un espacio nudista, no había acuerdos, no había esa complicidad silenciosa que se crea cuando sabes que nadie te está mirando desde el juicio.
Y aún así, quise intentarlo.
Hubo momentos increíbles…
de esos donde el cuerpo se olvida de sí mismo.
El amanecer, el agua, el aire en la piel… treparme a un árbol sin pensar cómo me veía, solo sintiendo.
Pero también hubo otros momentos.
Me quité la ropa…
y no me sentí completamente libre.
A lo lejos había gente.
No estaban cerca, no estaban invadiendo… pero estaban.
Y eso fue suficiente para que algo dentro de mí no se soltara del todo.
Es extraño darte cuenta de eso.
Que no basta con quitarte la ropa.
Que el cuerpo necesita confianza para abrirse.
Que la libertad no es una decisión mental… es una sensación que ocurre cuando el entorno también te sostiene.
Estas fotos son eso.
No son la versión perfecta de la libertad.
Son el proceso.
Son ese punto donde el cuerpo todavía negocia… pero ya no se esconde.
Y creo que también es importante mostrar eso.
Yo Fabiola debo de sentirme cómoda con el espacio, el momento y las circunstancias para poder quitarme la ropa, evitando las interpretaciones de otros o algún mal momento a una familia. Y cada quien tiene sus propios límites de comodidad.
¿Cuáles son los tuyos?