Hay algo profundamente político en volver a jugar con el cuerpo.
No lo pensamos así, pero en algún punto dejamos de hacerlo.
Dejamos de trepar, de colgarnos, de explorar sin propósito.
Aprendimos a movernos “bien”, a vernos “correct@s”, a no hacer ruido con el cuerpo.
A quedarnos quiet@s.
Moverse es desobedecer.
Porque implica salir de ese control, romper con la idea de que el cuerpo está para ser visto y no para ser vivido.
Y hay algo más que descubrí en este momento.
No tengo ningún recuerdo de haber trepado un árbol en la infancia.
Ninguno.
Y mientras intentaba colgarme, torpemente, sin técnica, riéndome… pensé que tal vez esto es nuevo.
Tal vez es algo que no hice.
Algo que mi cuerpo se quedó con ganas de experimentar.
Como si hubiera una pequeña laguna en mi memoria…
y ahora estuviera regresando a llenarla.
Por eso este momento no es solo juego.
Es una forma de exploración tardía, pero necesaria.
Una manera de decirle al cuerpo que todavía puede descubrirse… aunque sea por primera vez.