Había una época en la que mi vida tenía una misión secreta: que ni un milímetro de vello escapara del perímetro autorizado por el bikini. Una especie de control fronterizo corporal, donde cada pelito era sospechoso de “arruinarlo todo”. Porque claro, en la adolescencia no solo estás descubriendo tu cuerpo… estás tratando de sobrevivir socialmente a él.
Recuerdo perfectamente esa vigilancia constante. No era solo el traje de baño, era la ropa interior, los shorts, cualquier tela que pudiera delatar que mi cuerpo estaba creciendo y era normal tener vello pero yo no lo veía así, el vello era FEO.
“Que nada se salga”, me repetía como mantra, como si la piel fuera una vitrina y yo la encargada de mantenerla impecable para inspección pública. Pero la híper vigilancia es tema para otro post.
Lo curioso es cómo algo que empezó como estrategia de emergencia veraniega terminó convirtiéndose en rutina permanente. De “solo para el bikini” a “así debe estar siempre”. Sin darme cuenta, pasé más de la mitad de mi vida rasurándome para que todo estuviera “en su lugar”… como si mi cuerpo fuera un cuarto que había que ordenar antes de que alguien entrara, incluso cuando nadie iba a visitarlo.
Y ahora lo veo con una sonrisa medio sarcástica, medio tierna: yo, auditando mi propio cuerpo como si fuera un proyecto en revisión constante. Cuando en realidad, nunca hubo nada fuera de lugar. Solo había un cuerpo creciendo… y una adolescente intentando que no la señalaran por existir un poquito más de lo permitido.
¿Tu cuidas tu vello corporal como si alguien fuera a inspeccionarte?