Hace algunos años, en una de las primeras marchas, apareció una persona con accesorios en el cuello. En aquel momento fue una de esas situaciones que te agarran por sorpresa y yo en ese momento era una participante más. Pensé que era una anécdota aislada. Resultó que no.
Este año, en el Día al Desnudo, volvió a pasar. Algunas personas llegaron con accesorios genitales y otros elementos que forman parte de prácticas completamente válidas en sus propios espacios. Me acerqué directamente a explicarles que en esta marcha no estaban permitidos. La respuesta fue inmediata: “Pero todos traen collares”. Y sí, tenían razón en una cosa. Mucha gente llevaba collares.
La diferencia está en el significado. Un collar, una pulsera o un sombrero pueden ser simples accesorios personales. Los accesorios genitales, en cambio, tienen una carga distinta dentro de determinados contextos y comunidades. Nuestro trabajo como organizadores no consiste en juzgar las prácticas de nadie, sino en cuidar el mensaje de la movilización. Cuando salimos a la calle estamos defendiendo la idea de que el cuerpo humano no necesita ser sexualizado para existir.
Confieso que en ese momento me desesperé un poco. Después de tantos años explicando que nudismo no es sexualidad pública, uno desarrolla la fantasía de que es obvio cualquier tipo de fetiche o hipersexualización del cuerpo con arneses, collares e incluso máscaras no está permitido. Pero no. A veces toca volver a empezar. Y quizá esa también sea parte del activismo: recordar que no marchamos para mostrar una preferencia, inclinación, fantasía. Un cuerpo desnudo puede ser solamente un cuerpo desnudo.