Antes de empezar, tómate una pausa de 6 minutos. Solo eso. No necesitas equipo, no necesitas hacerlo perfecto, no necesitas verte de cierta forma. Si puedes hacerlo sin ropa, mucho mejor. La piel también escucha. El cuerpo entiende distinto cuando no hay tela de por medio recordándole cómo “debería” verse.
Este es un pequeño ejercicio de activación física y movimiento somático. Lo somático no se trata de entrenar para aguantar más, sino de aprender a sentir más. Es llevar la atención al cuerpo, notar dónde aprieta, dónde se cierra, dónde respira poquito, y permitir que el movimiento abra una puerta que la mente a veces tiene cerrada con triple candado.
Hace unos meses, cuando mi papá estuvo al borde de la muerte, mi cuerpo empezó a doler todos los días. No sabía cómo expresar lo que estaba pasando. Tampoco sabía cómo procesar el miedo, el cansancio, las horas de hospital, las cirugías, las noticias que llegaban como piedras. Era un tumor en el cerebro que fue removido, y hoy mi papá sigue evolucionando.
Raúl y yo ya teníamos un viaje pagado a la playa. Pensamos que salir nos ayudaría a descargar un poco todo lo que veníamos cargando. Y sí, salimos… pero también nos enfermamos. Porque el cuerpo no olvida por arte de magia solo porque uno se cambia de paisaje. A veces el cuerpo espera el primer silencio para decir: “oye, aquí estoy”.
Nadie nos prepara para estas crisis. Nadie nos enseña qué hacer con el nudo en el pecho, con la espalda cansada de sostener, con la mandíbula apretada de no llorar. Por eso hoy quiero compartirte un poco de movimiento somático: para bajar el ruido de la mente, para regresar al cuerpo con más ternura, para recordar que moverse también puede ser una forma de atravesar la vida. El objetivo no es hacerlo bonito. El objetivo es sentir. Respirar. Aflojar. Habitarte.
Y si este ejercicio te anima a vivir el nudismo, aunque sea por seis minutos en tu cuarto, entonces ya abrimos una rendija hermosa.
Tu cuerpo no es el enemigo. Tu cuerpo ha estado contigo en todo. Escúchalo.