Cuando conocí a la comunidad de Puebla tuve emociones encontradas. Después de la pandemia muchas cosas habían cambiado y existía una enorme necesidad de volver al mundo exterior. Yo sabía que Puebla tenía una de las comunidades nudistas más importantes del país. Después de Ciudad de México, era de los grupos con más historia y presencia. Sin embargo, cuando no hay redes activas ni eventos visibles, es difícil dimensionar que una comunidad sigue ahí, hasta que Kike me presentó formalmente.
Llegamos a la sede de Casa del Nudista Diverso. Alex me recibió, me mostró el espacio y me habló de los objetivos del proyecto. Recuerdo que había mucha comida preparada porque se esperaba una buena asistencia. Después de tanto tiempo de confinamiento parecía lógico pensar que la gente tendría ganas de reencontrarse. Pero ese día nadie más llegó. Los mismos cuatro que comenzamos la reunión fuimos quienes la terminamos.
Aquella experiencia me dejó pensando en algo que he visto repetirse muchas veces. Las comunidades no desaparecen de un día para otro; se van debilitando cuando dejamos de participar en aquello que decimos valorar. Detrás de cada reunión hay tiempo, dinero, trabajo, planeación y personas que apartan un espacio en su agenda para que algo suceda.
También me parece curioso que, en ocasiones, quienes más cuestionan que existan cuotas, cooperaciones o eventos de pago son los mismos que rara vez apoyan cuando alguien organiza algo de manera gratuita. Y llega un momento en que los organizadores se cansan. No porque busquen reconocimiento, sino porque sostener una comunidad requiere energía, constancia y, sobre todo, sentir que el esfuerzo encuentra eco.
Organizar siempre implica arriesgarse. Arriesgarse a que nadie llegue, a que algo salga mal o a recibir críticas después. Porque las críticas siempre aparecen, sin importar si el evento fue gratuito o de pago, grande o pequeño. Lo difícil no es opinar desde afuera. Lo difícil es seguir poniendo la mesa para que otros tengan un lugar donde encontrarse.