Si nunca haz ido a una marcha será difícil explicarte la sensación, mi mamá me llevo a las marchas de estudiantes desde que yo tenía 5 años y definitivamente hay frases que no se entienden hasta que se gritan.
Y este año trabajamos las consignas para que contaran algo más que reclamos. Fue como contar historias completas resumidas en pocas palabras. Personas que crecieron sintiendo culpa por su cuerpo caminaron junto a otras que fueron juzgadas, corregidas, escondidas o castigadas por existir fuera de la norma. Y gritar juntos era liberador:
“Ni culpa ni censura, el cuerpo es cultura.”
La frase avanzaba entre edificios, rebotaba en las banquetas y regresaba convertida en cientos de voces. Por un momento ya no importaba quién era fotógrafo, organizador, participante nuevo o veterano. Éramos una multitud reclamando algo tan sencillo como difícil: el derecho a habitar nuestro cuerpo en paz.
“No es provocación ni invitación.”
“No es provocación, es educación. No es exhibición, es liberación.”
Y entonces apareció la consigna que más me atravesó este año.
“Ni vergüenza ni castigo, mi cuerpo no es delito.”
Porque al final la marcha nunca ha sido sobre quitarse la ropa. Es sobre quitarse el peso que otros pusieron sobre ella. Y cuando cientos de personas lo hacen al mismo tiempo, la ciudad cambia un poco. Aunque sea por unas horas.